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Un cuento de camino

1 August 2009 2,679 views

Eran las dos de la madrugada. La carretera oscura y montañosa que en Costa Rica lleva rumbo a la playa de Guanacaste, estaba solitaria como de costumbre. A parte del suave murmullo de los grillos, solo se escuchaba el motor del automóvil de la familia Sandoval que se dirigí­a a la playa a pasar unas vacaciones de verano.

A pesar de lo tenebroso del camino y del extraño ruido que vení­a haciendo el motor del carro hací­a ya varios minutos, la familia iba contenta cantando y bromeando. No se imaginaban el horror que estaban a punto de encontrar.

Todo empezó cuando Vanessa, quien vení­a en la cajuela del station wagon comentó:

-Mamá, hace un rato viene un hombre en una motocicleta detrás de nosotros.-

Era fácil saber que el motorizado vení­a siguéndolos pues además del ruido del motor, el automóvil de los Sandoval no estaba desarrollando ni siquiera el lí­mite de velocidad de la carretera.

-Ya lo habí­a notado- dijo doña Enriqueta quien vení­a manejando pues don Pedro, el padre de familia, no habí­a podido acompañarlos por motivos de negocios. -Me di cuenta hace rato pero no dije nada para no alarmarlos.-

El horrible tipo que para entonces se habí­a dado cuenta del temor de la familia, sonreí­a malvadamente. Si doña Enriqueta aceleraba el auto, el tipo aceleraba la motocicleta, si doña Enriqueta reducí­a la velocidad, el tipo también. Sus intenciones no se conocí­an, pero por su siniestra sonrisa se notaba que no eran nada buenas.

-No te preocupes, mamá- dijo Pedrito, el menor de los cuatro hijos de los Sandoval. -Nosotros somos cinco y él es uno solo. No podrá contra todos.-

-Qué tal si tiene un puñal o una pistola- pensó doña Enriqueta en voz alta, ya no podí­a disimular su terror.

De pronto a un lado de la carretera, se veí­a una pequeña “pitigí¼irra” (una cafeterí­a humilde en lenguaje tico).

-Paremos ahí­. El hombre tendrá que seguir por su camino- supuso doña Enriqueta erróneamente. El tipo se estacionó y se bajó de la moto.

Aprovechando que el bigotudo habí­a ordenado un café, doña Enriqueta aprovechó para arrancar el auto y continuar el viaje que se habí­a convertido en una pesadilla.

-Mientras se toma el café y paga, nosotros nos perdemos de vista- planeó doña Enriqueta.

Qué equivocados estaban. En menos de cinco minutos el psicópata los seguí­a tan de cerca como antes.

-Mejor nos hubiéramos quedado en la pitigí¼irra- comentó Antonio, el otro hijo varón.

-El era el único cliente. Qué tal si el dueño es su cómplice- observó Sylvia. Con 15 años ya habí­a leí­do más de un libro de detectives.

El automóvil empezó a perder velocidad otra vez. El hombre sonreí­a satisfecho. La familia Sandoval sentí­a que su fin habí­a llegado. ¿Quién oirí­a sus gritos en aquella carretera montañosa?

De pronto a lo lejos se escuchó una sirena de la policí­a. El hombre aceleró la motocicleta, pasando el carro de los Sandoval y desapareciendo a toda velocidad en la oscuridad.

Minutos después, el policí­a interrogaba a los Sandoval.
-Gracias por su descripción, señora. Definitivamente éste es el criminal que buscamos.

Autora: Andreí­na Mendez

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