Un cuento de camino
Eran las dos de la madrugada. La carretera oscura y montañosa que en Costa Rica lleva rumbo a la playa de Guanacaste, estaba solitaria como de costumbre. A parte del suave murmullo de los grillos, solo se escuchaba el motor del automóvil de la familia Sandoval que se dirigía a la playa a pasar unas vacaciones de verano.
A pesar de lo tenebroso del camino y del extraño ruido que venía haciendo el motor del carro hacía ya varios minutos, la familia iba contenta cantando y bromeando. No se imaginaban el horror que estaban a punto de encontrar.
Todo empezó cuando Vanessa, quien venía en la cajuela del station wagon comentó:
-Mamá, hace un rato viene un hombre en una motocicleta detrás de nosotros.-
Era fácil saber que el motorizado venía siguéndolos pues además del ruido del motor, el automóvil de los Sandoval no estaba desarrollando ni siquiera el límite de velocidad de la carretera.
-Ya lo había notado- dijo doña Enriqueta quien venía manejando pues don Pedro, el padre de familia, no había podido acompañarlos por motivos de negocios. -Me di cuenta hace rato pero no dije nada para no alarmarlos.-
El horrible tipo que para entonces se había dado cuenta del temor de la familia, sonreía malvadamente. Si doña Enriqueta aceleraba el auto, el tipo aceleraba la motocicleta, si doña Enriqueta reducía la velocidad, el tipo también. Sus intenciones no se conocían, pero por su siniestra sonrisa se notaba que no eran nada buenas.
-No te preocupes, mamá- dijo Pedrito, el menor de los cuatro hijos de los Sandoval. -Nosotros somos cinco y él es uno solo. No podrá contra todos.-
-Qué tal si tiene un puñal o una pistola- pensó doña Enriqueta en voz alta, ya no podía disimular su terror.
De pronto a un lado de la carretera, se veía una pequeña “pitigí¼irra” (una cafetería humilde en lenguaje tico).
-Paremos ahí. El hombre tendrá que seguir por su camino- supuso doña Enriqueta erróneamente. El tipo se estacionó y se bajó de la moto.
Aprovechando que el bigotudo había ordenado un café, doña Enriqueta aprovechó para arrancar el auto y continuar el viaje que se había convertido en una pesadilla.
-Mientras se toma el café y paga, nosotros nos perdemos de vista- planeó doña Enriqueta.
Qué equivocados estaban. En menos de cinco minutos el psicópata los seguía tan de cerca como antes.
-Mejor nos hubiéramos quedado en la pitigí¼irra- comentó Antonio, el otro hijo varón.
-El era el único cliente. Qué tal si el dueño es su cómplice- observó Sylvia. Con 15 años ya había leído más de un libro de detectives.
El automóvil empezó a perder velocidad otra vez. El hombre sonreía satisfecho. La familia Sandoval sentía que su fin había llegado. ¿Quién oiría sus gritos en aquella carretera montañosa?
De pronto a lo lejos se escuchó una sirena de la policía. El hombre aceleró la motocicleta, pasando el carro de los Sandoval y desapareciendo a toda velocidad en la oscuridad.
Minutos después, el policía interrogaba a los Sandoval.
-Gracias por su descripción, señora. Definitivamente éste es el criminal que buscamos.
Autora: Andreína Mendez
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