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Mini romance: En un molino

15 July 2009 1,475 views

Todos los dí­as la veí­a pasar al molino y la admiraba. Su cabello largo y oscuro revoloteaba juguetonamente con el viento. Su figura esbelta no por dietas sino por el duro trabajo que representaba ser una mujer de pueblo con dos hijos. Michelle era una mujer remarcable y Jonathan lo sabí­a. ¿Cómo ignorarlo si habí­a sido su esposa por cinco años.

Todo habí­a empezado cuando Jonathan, cansado de ser hijo de un noble, habí­a decidido experimentar lo que se sentí­a ser plebeyo. Siempre fué muy compasivo y nunca estuvo de acuerdo con la opresión del rey. Por eso cuando cumplió 30 años de edad decidió renunciar al palacio para vivir en el pueblo un tiempo y cuando tomara su puesto en la corte real, poder ayudarlos.

Con éste noble pensamiento se habí­a dirigido a un pueblillo hací­a ya siete años. Todo habí­a marchado bien hasta que conoció a Michelle. La primera vez que la vió quedó prendado de ella pensando que ni en el palacio habí­a conocido jóvenes tan hermosas. Desde ese momento la habí­a empezado a cortejar sin medir las consecuencias. Cuando se dió cuenta de lo que estaba haciendo ya era muy tarde pues ya se habí­an casado.

En varias ocasiones Jonathan habí­a tratado de dejarla a pesar de lo mucho que la amaba y de lo feliz que eran. Pero no habí­a podido. Primero lo habí­a atado el gran amor que sentí­a por ella, después su primer hijo. Con el nacimiento de su hijo, Jonathan habí­a decidido olvidar su pasado y su posición en el palacio, después de todo nunca habí­a sido tan feliz. Pero cuatro años después, cuando nació su segundo hijo, esta vez una niña, decidió que era hora de marcharse. La razón que tuvo fué el ver sufrir a su familia. Estando Michelle recién mejorada, fué obligada por los oficiales del rey a ir a trabajar. Esto enfuerció mucho a Jonathan quien decidió poner fin a tanto dolor. ¿Cómo? No lo sabí­a. A su familia no la podrí­a presentar ante su padre pues sabí­a que ahí­ mismo lo desheredarí­a, y eso harí­a imposible su misión de hablar por el pueblo. Así­ que, con el dolor de su alma, tuvo que abandonar a su amada y a sus dos hijos.

Ahora se escondí­a todos los dí­as detrás de un árbol a la hora que sabí­a que Michelle iba a moler trigo al molino. A esa hora Michelle con su niña y el pequeño Johnny ya habí­an cumplido con su trabajo para la corona, por lo que iban juntos los tres. Jonathan se amarraba el corazón para no ir corriendo a abrazarlos y besarlos. Qué difí­cil era ver a sus hijos crecer sin que supieran dónde estaba su padre. Qué difí­cil era ver a Michelle trabajando para sacar a sus hijos adelante mientras sufrí­a el dolor de un corazón roto. Jonathan se sentí­a miserable pero tení­a que seguir adelante. En el palacio ya ocupaba un lugar en la corte y habí­a presentado varios proyectos.

Pasaron tres años y Jonathan logró convertirse en cabeza de la corte real y consejero del rey. Varios de sus proyectos estaban en práctica y la gente del pueblo estaba empezando a ver una diferencia. Los niños ya no eran forzados a trabajar y la economí­a parecí­a haber mejorado. Pero Jonathan, apesar de su grandeza, todaví­a no olvidaba su familia clandestina que seguramente lo odiaba.

Un dí­a Michelle iba rumbo al molino y Jonathan como de costumbre la miraba escondido detrás de un árbol. Este dí­a Michelle iba sola pues Johnny y Ginger se habí­an quedado jugando con unos niños de la aldea. De pronto un hombre le salió al camino:

-ESTOY HARTO DE TUS RECHAZOS! – le reclamó a Michelle. -ME VAS A HACER CASO QUIERAS O NO!-

Michelle estaba aterrorizada. No habí­a nadie alrededor que la ayudara pues ella siempre iba al molino cuando ya no hubiera nadie para evitar escuchar las habladurí­as de la gente respecto al abandono de su esposo. Sin pensarlo dos veces, Jonathan se lanzó sobre el hombre y lo apuntó con su espada.

-NO SE ATREVA A PONERLE UN DEDO ENCIMA A MI ESPOSA!!- dijo valientemente ante el asombro del hombre y de Michelle. Sin emitir palabra, el hombre salió corriendo y se fué.

-Jonathan, eres tú?- preguntó incrédula Michelle. En su traje real y con la espada desenvainada parecí­a un prí­ncipe azul.

-Michelle, mi amor- fué todo lo que pudo contestar Jonathan antes de abrazarla con la fuerza que resultaba después de cinco años de soñar con este momento. Jonathan le contó toda la historia a su esposa. Su verdadera identidad y por qué habí­a tenido que dejarla. Michelle se entristeció.

-Quiere decir que te tienes que volver a ir- dijo con la cabeza baja.

-No! Ya no te volveré a dejar- dijo Jonathan valientemente. -Después de todo ya cumplí­ con mis deberes con el pueblo. Ahora te llevaré ante el rey a tí­ y a nuestros hijos y…

-No! Eso nunca!- interrumpió Michelle. -Te echará del palacio-

Pero Jonathan la abrazó y le dijo:

-Ya no me importa. He cumplido con mi deber y ahora si para reunirme con ustedes debo renunciar a mi puesto, lo haré-

Y besando a su esposa, selló su promesa.

Autora: Andreí­na Mendez

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